Los valores se transmiten en casa y se desarrollan en la calle

No se por que no me sorprende el mal estar que muchos padres sienten por la mala educación que demuestran sus hijos en público, queriendo culpar de ello a la sociedad o a la formación recibida en sus colegios, sin darse cuenta que es la sociedad quien debería reprocharles a ellos, el no tener la paciencia para educarlos.

La educación se aprende en casa, el respeto se enseña en casa, el saber estar se  practica en casa, todo lo demás se ‘desaprende’ en la calle.

Costumbres tan sanas como sentarse alrededor de una mesa a comer en familia se está perdiendo y esta acción tan sencilla tenía muchas connotaciones para la educación de nuestros hijos, en este tipo de encuentros no sólo se comía, se transmitian valores.

En los tiempos actuales es difícil mantener las costumbres que nuestros padres nos enseñaron, en la que compartíamos comidas y cenas en familia, hoy con el trajín laboral diario es muy difícil hacerlo. Pero esto no significa que cualquier oportunidad que tengamos de hacerlo, no la aprovechemos, sobre todo tras leer este post en el que intento demostrarle la importancia que las mismas tienen para la educación de sus hijos.

Aunque sólo lo podamos hacer los fines de semana, lo importante es que ellos sientan la importancia que damos a este tipo de encuentros para que reciban el mensaje que queremos transmitirles.

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Comer con la familia o comer en familia es algo más que comer; es compartir, observar, aprender, enseñar, escuchar,… debemos desterrar la posesión del mando de la tele, los teléfonos móviles, las maquinitas de videojuegos, las tabletas… La mesa es un lugar importantísimo para el encuentro familiar, cuando uno está comiendo con otra gente se generan una corriente de conversaciones que pueden dar lugar a complicidad, a la apertura del corazón y del espíritu, más si es en familia, este tipo de encuentros resultan apropiados para la enseñanza de buenos modales, hábitos que serán fundamentales para su desarrollo.

No debemos olvidarnos que los verdaderos maestros en ese tipo de encuentros alrededor de una mesa somos los padres, ellos aprenderán todo lo que nos vean hacer, ellos copiarán y luego repetirán. Las principales normas que hay que aprender al sentarse a la mesa, no son muchas, pero si son básicas. Aunque posteriormente tendremos no sólo que perfeccionarlas sino que ampliarlas. Nunca nos debemos de cansar de aprender.

Debemos hacerles ver, que no aprendiendo normas de urbanidad pueden tener como castigo el que se les cierren muchas puertas, el que sus propios amigos no quieran invitarles a sus casas, porque sus padres, esperan un comportamiento correcto en su hogar, la educación abre mas puertas de las que cierra, aunque es cierto que hoy en día los mal educados intentan denigrar a sus contrarios etiquetándolos de frikis.

En la mesa, la interacción es fundamental, no sólo debemos intentar ser nosotros los directores de la conversación, debemos darles rienda suelta para que ellos también conversen con el mismo interés que nosotros lo hacemos, no sólo nuestra curiosidad es importante, dándoles la oportunidad de hablar hacemos que la suya también lo sea.

Existe un ritual en todo esto, que se divide en responsabilidades: la responsabilidad de hacer la comida, la responsabilidad de poner la mesa, la de servirla, la de recogerla y la de lavar la loza al terminar, en conjunto es un trabajo que bien hecho puede significar un acercamiento entre todos, de esta manera enseñaríamos a nuestros hijos que cualquiera puede hacer cualquier cosa.

Todo lo anterior aderezado con una correcta mesa, música para poder “apaciguar a las fieras” y un menú rico, harán de ese encuentro un día diferente, porque todos los días son diferentes, no esperemos a tener invitados para ello.

Pedir las cosas por favor, esperar su turno de palabra, dar las gracias, no interrumpir… son cosas que también se aprenden en estas situaciones, pero hay otras igual de importantes que debemos ‘recalcar’:

  • Sentarnos correctamente con una posición recta y próxima a la mesa, los antebrazos siempre sobre la mesa y los codos nunca sobre ella.
  • No sentarse hasta que no lo haya hecho el anfitrión o los de mayor edad.
  • Colocarnos la servilleta sobre las piernas en cuanto nos sentamos.
  • Una vez que se toca el cubierto que corresponde al plato que vamos a comer, este no vuelve a tener contacto con el mantel.
  • El correcto uso de cada cubierto, y la forma de cogerlo son fundamentales y es algo que servirá para toda la vida.
  • Cuando se va a beber y tras hacelo, uno debe de limpiarse con la servilleta los labios, de esa manera evitaremos dejar marcas en el cristal.
  • Cuando terminamos un consomé o una sopa, la cuchara descansará sobre el plato, no dentro de la taza.
  • Cuando terminamos de comer un plato según nos haya parecido, dispondremos los cubiertos de la manera apropiada.
  • Cuando va a ausentase un momento, la servilleta se quedará en la silla mientras que cuando se finaliza la comida se dejará sobre la mesa.

Estas son algunas (muy pocas) de las normas básicas que debemos tener siempre en cuenta para comer en cualquier sitio, a estas habría que añadirles otras mas exigentes para comidas menos desenfadadas, sobre las que prometo escribir en el futuro.

Como apoyo a lo anterior, le indicaré, que en países como Estados Unidos o Inglaterra y aquí en España ya se está aplicando (aunque muy poco), siempre después de la última entrevista de un trabajo de directivo, se llevan a los candidatos por separado a comer y analizan sus reacciones, en la mayor parte de los casos quien está mas preparado no siempre es el elegido, porque la imagen de la empresa no sólo se muestra detrás de un despacho, también en cualquier ámbito de la vida, incluso en una comida.

Aproveche este mes de agosto, si tiene la suerte de estar de vacaciones, para sentarse con sus hijos y enseñarle modales, si tiene dudas, pregunte somos muchos los profesionales que estaremos encantados en ayudarle, porque el mejor legado que les puede dejar, son las buenas costumbres, estás no habrá crisis que las destierre.

 

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Protocolo no es educación, cuando de los más pequeños se trata.

Días atrás, me encontré con una compañera de protocolo que ha escogido el camino de la formación para salir adelante, lo cual es una muestra más de las innumerables posibilidades que ofrece nuestra profesión, que desde siempre estuvo ligada al poder y que ahora demuestra estar en muchas mas facetas de nuestras vidas.

A penas existen formadores en nuestra profesión y los que hay no son profesionales de la formación en su mayoría, son sucedáneos que exponen las experiencias de su vida laboral para que estas sirvan como ejemplo al resto de profesionales, no es una protesta ni mucho menos, al contrario, era la única forma que teníamos los que de verdad queríamos formarnos para aumentar nuestro conocimiento, lo reconozco y no me avergüenzo de ello,  yo en principio me formé así, pero en el siglo XXI dónde ya hay estudios que engloban las experiencias de miles de ellos, así como la jurisprudencia tan necesaria para entender el ¿por qué se hacen las cosas? Nos invita a reflexionar sobre la innecesaria existencia de cursitos que lo único que hacen es alimentar la esperanza de muchos y el bolsillo de unos pocos.

Con la llegada del Grado y el Máster oficial (títulos que ya poseo), empezamos a tener buenos formadores, gente que no tiene afán de protagonismo sino virtud de enseñanza.

En estos días en los que hemos celebrado la llegada de un nuevo Rey al simbólico trono que reina nuestro país, las miradas no sólo estaban puestas en Juan Carlos I y su participación en los actos, en la ‘Reina Madre’ y los efusivos besos a su marido, en Felipe VI y la responsabilidad para la que se le ha estado preparando estos 45 años o la Reina Letizia y el cambio social que ha dado en estos 10 años.

Las miradas también estaban puestas en dos niñas, de ocho y siete años respectivamente, que dieron una demostración pública de educación infantil digna de cualquier cuento de princesa.

Nuestra conversación giraba en torno a ellas, a la acuciante necesidad que hay en nuestra sociedad de enseñar a nuestros menores educación, saber estar y demás ‘asignaturas’ necesarias para vivir una vida social tan necesaria para salir adelante hoy en día y el ejemplo que estas dos niñas han dado a tantos padres que creen que los niños no se pueden educar a tan temprana edad.

Desde mi blog reivindico la importancia de la educación, entiéndase como: el saber estar, la urbanidad… desde una temprana edad para evitar muchos de los problemas que tienen hoy en día nuestros jóvenes que en muchos casos están muy formados, pero son muy mal educados.

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No debemos olvidar que las escuelas están para enseñar y las casas para educar, concepto que muchos padres tienen confundidos.

Discutía con Norma Gómez, que la metodología de enseñanza en nuestro país se basa mucho en las asignaturas que todos conocemos: matemáticas, ciencias, lenguas, sociales… Pero los técnicos del Ministerio y de los gobiernos regionales siguen sin percatarse que lo que nos diferencia de países como Suecia, Noruega, Finlandia, Alemania, Japón o China… sólo es la educación.

Ella da clase de protocolo social para niños habiendo creado una metodología práctica innovadora en España, aplicada en diferentes colegios de Gran Canaria con grandes resultados y que de alguna manera seguramente se aplicará con el tiempo en el resto del territorio español.

Aprender normas sobre saber estar, te da respeto por los demás (incluidos los profesores) te da paciencia, sobriedad, te enseña a convivir y a estar seguro de ti mismo… Es mucho mas lo que ganas que lo que pierdes, aunque no esté de moda.

Las actuales generaciones están abandonadas a su suerte, y es por ello por lo que se preguntan ¿cuál es el motivo por el que teniendo el mismo currículo que otros, no son escogidos para el trabajo que tanto desean sino deben bajar de categoría para encontrar trabajo?, yo les contestaría que la diferencia la pone el saber estar.

La buena educación se aprende en casa desde pequeños, mientras que la mala educación, ya se encargará la calle de recordártela una y otra vez, cada día. Por eso, creo que el mejor legado que le podemos dejar a nuestros hijos no es otro que: una gran Cultura y una buena Educación (las dos con mayúscula).